Eliot, los hombres huecos y un infierno en la zabeca

Eliot, los hombres huecos y un infierno en la zabeca

Si Romualdo Prebisch sigue escribiendo con tanta altura algún día se volará y lo perderemos.

Cuando Eliot te pinta la tierra baldía, no está señalando un terreno seco como quien marca un baldío del barrio: te está mostrando el panorama espiritual de su época, que un poco es la nuestra, donde todo son restos, fragmentos, pedacería emocional. The Waste Land es un rompecabezas al que le faltan piezas y, sin embargo, sigue hablando, aunque no se le entienda. Es un mundo donde la primavera duele, donde el agua no moja y donde el amor está medio rengo.

Pero acá entra una aclaración clave: lo que Eliot llama la “tierra baldía” tiene un correlato directo con esos personajes que él mismo desarrolla en “The Hollow Men”los hombres huecos—, esos sujetos que están “repletos de paja”, llenos de ruido, pero vacíos de sustancia, incapaces de acción, de fe, de sentido. Son criaturas que hablan bajito porque nunca terminan de animarse a existir del todo. Son, como diría el lunfardo, tipos que están, pero no están, sombras de sí mismos, fantasmas sin tragedia. Ya lo decía Macedonio, si a esa fiesta a la que no fue nadie, faltaba alguno más, no cabía.

Y esos hombres huecos no viven “afuera”, está clarísimo: viven en la misma tierra baldía, la habitan como si fuera su ecosistema natural. Un vacío con papas noisette, se entiende. El paisaje está hecho bosta porque las almas también están hechas bosta. Y lo más loco es que estos tipos representan la condición humana misma: gente que perdió la brújula moral, que se quedó sin relato, sin épica, sin vínculo, gritando, blasfemando, y en último término llorando de impotencia. El hombre hueco es un sobreviviente sin identidad; el Dasein sin atributos, un peregrino sin mito; un creyente sin fe. Milanesa sin fritas.

Ahí se entiende mejor el famoso verso:“This is the way the world ends / Not with a bang but a whimper.”


Ese “fin del mundo con un gemido” aparece justamente en “The Hollow Men”, no en The Waste Land, y marca un punto teológico-literario tremendo: el Apocalipsis moderno ya no precisa trompetas ni jinetes. Basta la debilidad espiritual de los hombres huecos para que todo se venga abajo. Es una implosión en cámara lenta, transmitida por tik tok para nadie. Y somos los nadie.

Acá entra el cruce místico: cuando en el Apocalipsis bíblico se abren los Siete Sellos, hay quilombo, sí, pero también revelación: se muestra lo que estaba oculto, chabón. Eliot da vuelta esa lógica: los hombres huecos ni siquiera llegan a ver la revelación, porque no tienen la fuerza interior necesaria para sostener una epifanía. El último sello no se rompe afuera: se quiebra adentro. No hay ángeles ni truenos: hay alma cansada.

Y si lo empalmamos, ya que estamos, con el Libro Tibetano de los Muertos, ahí te explican que los infiernos, los dioses airados y toda la pirotecnia post-mortem son proyecciones de la Sabiola, espejismos que vos generás cuando estás detenido en la traba de tus propios miedos. Swedenborg te dice lo mismo: cada persona fabrica su propio infierno de acuerdo con sus deseos deformados, como si el fuego fuera el color de tu propia sombra. Chupate esa mandarina, man.

Entonces, lo que Eliot hace en The Waste Land y en The Hollow Men es mostrar un mundo donde el infierno ya no está en el subsuelo, sino en el corazón deshabitado del tipito enojado. La tierra baldía es el mapa externo de ese vacío; los hombres huecos son su ejército silencioso que hace ruido. Y el fin del mundo en forma de gemido es la consecuencia lógica: cuando el alma está hueca, el Apocalipsis no estalla: se desinfla en una lacrima sul viso de Bobby Solo.

Los hombres huecos viven atrapados en un bardo tibetano sin salida, perdidos entre voces que no entienden, entre símbolos rotos. No pueden cruzar el río, no alcanzan la “otra orilla”: no porque les falten alas, sino porque les falta adentro lo que sostiene a las alas. Son figuras swedenborgianas atrapadas en su propio deseo turbina, sin amor ordenado, sin voluntad luminosa, pegadas al constante murmullo de la nada.

Así, la “tierra baldía” no es solo un poema: es la geografía espiritual de un mundo que fabrica su propio infierno en la cabeza. Y los hombres huecos somos los habitantes resignados de ese paisaje. No es que el mundo termina sin un estallido: es que ya explotó hace rato, pero estamos tan vacíos que apenas es un suspiro.

 

Bibliografía

Eliot, T. S. (2011). The Waste Land. W. W. Norton. (Obra original publicada en 1922)

Eliot, T. S. (1998). The Hollow Men. Faber & Faber. (Obra original publicada en 1925)

Eliot, T. S. (1958). Collected Poems 1909–1962. Faber & Faber.

La Biblia. (1995). Apocalipsis de Juan. Sociedades Bíblicas Unidas.

Evans-Wentz, W. Y. (Ed.). (2000). El libro tibetano de los muertos (Bardo Thödol). Kier.

Swedenborg, E. (2009). El cielo y sus maravillas y el infierno según lo oído y visto (G. Tarditi, Trad.). Swedenborg Foundation.